Torre Pelli, Cajasol y el espíritu barroco de Sevilla



 

 

 

 

 

 

 

Ni romana, ni islámica, ni renacentista. Sevilla es y será siempre barroca. Una ciudad que de mirarse tanto a sí misma sigue inflamada de un espíritu contrarreformista que, a pesar de erigirla en “eterna”, le priva de oportunidades para convertirse en una capital a nivel global.

En nuestra tierra solemos asumir los éxitos y fracasos de manera tardía. Digerimos tarde y mal la crisis del siglo XVII, tras la opulencia del siglo XVI provocada por el comercio con América. A pesar de las bancarrotas, la inflación, la peste, las riadas y el sectarismo religioso, la élite sevillana, como la del resto de España, siguió viviendo de espaldas a la ciudad de carne y hueso que malvivía en un casco histórico amortajado, hijodalgo y monjil.

El barroco en Sevilla eclosionó cuando la ciudad atravesaba una etapa de depresión. El siglo XVII fue aciago para Sevilla, a pesar de lo cual la ciudad vivió un momento de fiebre urbanística y artística que cambió para siempre su fisonomía y definió su idiosincrasia.

Ahora sucede lo mismo, pero sin rastro de motivaciones espirituales. ¡Vil metal!. La crisis económica más importante de los últimos 80 años apenas si ha cambiado nuestra manera de pensar y comportarnos. Seguimos como si la cosa fuera viento en popa a toda vela, y la tormenta fuera a amainar de un momento a otro como por arte de magia.

En esta España en crisis, el último hito en la transformación de la fisonomía de Sevilla es la Torre Pelli Cajasol. Un disparate urbanístico producto de un momento de boom financiero e inmobiliario que ya pasó.

Pero como casi siempre en estos lares del sur llegamos tarde. Da igual que España esté próxima al rescate, que Cajasol ya no exista, y que el Ayuntamiento de Sevilla no tenga ingresos suficientes para equilibrar sus cuentas. Las obras en la Torre Pelli siguen adelante como símbolo de una élite económica y política que vivió del negocio fácil y del pelotazo y que de manera crónica continúa de espaldas a la realidad.

El debate melancólico y pueril entre rancios y posmodernos es una pesada losa que atenaza el progreso de una ciudad que a ratos se autoafirma a ratos intenta zafarse de sí misma. Todo con pobres resultados. El mejor ejemplo es que al elevar nuestra mirada hacia el horizonte del Aljarafe nos damos de bruces con la evidencia: el espíritu barroco de Sevilla sigue latente, aunque en esta ocasión bajo la forma egolátrica de las grúas y el hormigón que rompen el cielo límpido de la ciudad para deshumanizarla y hacerla vulgar. 

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