Salida de la crisis por acumulación

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Los neoliberales no son otra cosa que un grupo de economistas que despojaron a Marx de su relato transformador y utilizaron su teoría para adaptarla al funcionalismo. Sin Marx algunos de los apóstoles más laureados del capitalismo seguirían sin entender casi nada. Especialmente ante una crisis de estas dimensiones. Por eso, aunque pueda parecer una exageración, cuando entra en crisis, el capitalismo le debe más a Marx que a Hayek y Friedman juntos.

No hace falta leerse el capítulo XXIII de El Capital para comprender lo que ha sucedido en estos años y cómo vamos a salir de esta crisis. El marxismo como teoría económica identificaba el proceso de acumulación del capital como el secreto mejor guardado de un sistema que es indefectiblemente voraz. Las crisis se superan soltando amarras de las disfunciones y límites impuestos a ese proceso de concentración del capital.

Hay quien piensa que estamos llegando a un estadio en el que los márgenes de explotación, y los rendimientos que genera, están tocando techo. Pero nada más lejos de la realidad. Hay mucho margen para la concentración. El capitalismo es capaz de fagocitar nuevos recursos, abrir nuevos mercados y alterar cualquier equilibrio en aras de un proceso de acumulación más contundente y acelerado.

Otra cuestión son los desequilibrios que genera, las fracturas sociales y la quiebra del modelo de democracia representativa occidental. Aunque siempre habrá nuevos y más sutiles instrumentos para perfeccionar los mecanismos de legitimación.

Andalucía y el capitalismo castizo

El corsé político democrático molesta a los nuevos mercados y a sus nuevas formas de hacer negocio. En España esos límites tienen que ver más con la burocracia, la corrupción y las querencias de una élite anquilosada que con los problemas que genera el control ciudadano en la toma de decisiones.

Nuestra manera de vivir salta por los aires. La salida de la crisis será por acumulación. Y ante esta huida hacia adelante no hay sistema político, ni estructura territorial que resista.

El debate territorial que vive España en estos días no es ajeno a esta realidad. Tiene que ver, casi sin saberlo, con ese proceso de acumulación megalómana que sólo anhela una sociedad excluyente -más de lo que nunca hubiera podido imaginar ni el mismísimo John Kenneth Galbraith– y un mundo de grandes urbes donde se concentre la generación de riqueza. Una distopía con ciudades-fortalezas de primer, segundo y tercer nivel, donde Europa, y más la que se sitúa lejos del Rhin, sólo será un vago y lejano recuerdo en la memoria de los nostálgicos.

A todos nos mueve la igualdad y la justicia, y habrá que movilizarse para defenderla. Pero también es necesario ser pragmáticos y tener una estrategia para no quedarnos atrás. Hay que intentar jugar las cartas ante la desigualdad que viene.

Barcelona quiere ser una gran ciudad. Madrid quiere ser una gran ciudad. ¿Hay alguna estrategia en Andalucía para tener una gran ciudad -al menos de tercer nivel- que pueda convertirse en un nodo de atracción/acumulación de capital?

Lo de Andalucía como red de ciudades está muy bien, pero la única alternativa práctica para no quedar descolgados es concentrar fuerzas en una urbe que sea capaz de dar un salto adelante y tirar del resto de la región. Es la única salida para que Andalucía, al completo, no regrese al subdesarrollo.

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Torre Pelli, Cajasol y el espíritu barroco de Sevilla



 

 

 

 

 

 

 

Ni romana, ni islámica, ni renacentista. Sevilla es y será siempre barroca. Una ciudad que de mirarse tanto a sí misma sigue inflamada de un espíritu contrarreformista que, a pesar de erigirla en “eterna”, le priva de oportunidades para convertirse en una capital a nivel global.

En nuestra tierra solemos asumir los éxitos y fracasos de manera tardía. Digerimos tarde y mal la crisis del siglo XVII, tras la opulencia del siglo XVI provocada por el comercio con América. A pesar de las bancarrotas, la inflación, la peste, las riadas y el sectarismo religioso, la élite sevillana, como la del resto de España, siguió viviendo de espaldas a la ciudad de carne y hueso que malvivía en un casco histórico amortajado, hijodalgo y monjil.

El barroco en Sevilla eclosionó cuando la ciudad atravesaba una etapa de depresión. El siglo XVII fue aciago para Sevilla, a pesar de lo cual la ciudad vivió un momento de fiebre urbanística y artística que cambió para siempre su fisonomía y definió su idiosincrasia.

Ahora sucede lo mismo, pero sin rastro de motivaciones espirituales. ¡Vil metal!. La crisis económica más importante de los últimos 80 años apenas si ha cambiado nuestra manera de pensar y comportarnos. Seguimos como si la cosa fuera viento en popa a toda vela, y la tormenta fuera a amainar de un momento a otro como por arte de magia.

En esta España en crisis, el último hito en la transformación de la fisonomía de Sevilla es la Torre Pelli Cajasol. Un disparate urbanístico producto de un momento de boom financiero e inmobiliario que ya pasó.

Pero como casi siempre en estos lares del sur llegamos tarde. Da igual que España esté próxima al rescate, que Cajasol ya no exista, y que el Ayuntamiento de Sevilla no tenga ingresos suficientes para equilibrar sus cuentas. Las obras en la Torre Pelli siguen adelante como símbolo de una élite económica y política que vivió del negocio fácil y del pelotazo y que de manera crónica continúa de espaldas a la realidad.

El debate melancólico y pueril entre rancios y posmodernos es una pesada losa que atenaza el progreso de una ciudad que a ratos se autoafirma a ratos intenta zafarse de sí misma. Todo con pobres resultados. El mejor ejemplo es que al elevar nuestra mirada hacia el horizonte del Aljarafe nos damos de bruces con la evidencia: el espíritu barroco de Sevilla sigue latente, aunque en esta ocasión bajo la forma egolátrica de las grúas y el hormigón que rompen el cielo límpido de la ciudad para deshumanizarla y hacerla vulgar. 

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